Nada me extraña, preocupa o excita desde los años que te perdí y en los que aún te encuentro. Y es que ha pasado tanto tiempo que ya casi no me acuerdo que te había olvidado, por no decir que no recuerdo ni si quiera el tacto, de mis constelaciones preferidas que formaban tus lunares mientras te miraba mañanas en mi cama y tú me contestabas con abrazos acurrucados a tu pecho o simplemente con gestos de cariño. Qué irónico, me decías siempre que sólo me mentías para hacerme feliz y yo siempre te decía, 'dime, dime que me quieres, aunque sea mentira'. Me jodía con siete caladas de tu cigarro y me apagaba en mi piel, notando el aliento aún esfumándose de tu boca. Pero supongo que el problema siempre ha sido que tu corazón va por laderas de fuego y mi cabeza, solo quiere caminar sobre el hielo, congelarse y no sentir, sólo actuar.
Pero tú puedes darle una vuelta al mundo, ir por todos los universos, ladear los cosmos, beber del espacio, fumarte las nubes, sin ni si quiera salir de mi habitación...
Siempre solías decir que yo era como esa situación en la que el mundo se desmorona a tus pies y entonces, aparecía yo de golpe y de frente para decirte "nuestro amor es el simple regocijo de la existencia de 'tú', dentro de mí, del ser más amado por nadie" Solía decirte esa frase continuamente, nos hacía personas.
Para Carmen Conejo Rojano.
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